Las pitayas: bocados llenos de color y esfuerzo

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Unos días antes de que terminara la temporada de pitayas en Jalisco, México
(aproximadamente finales de abril, mayo y principios de junio), tuve la fortuna de
disfrutar de esta colorida y sabrosa fruta en su mercado tradicional: la plaza de
las Nueve Esquinas, en Guadalajara.

Me siguen sorprendiendo, después de tantos años, tanto su textura como sus
sabores y sus vivos colores: rojo, blanco, amarillo, magenta o fucsia…, que van
relacionados. Muchas veces he pensado que la fruta, según su color o su sabor,
tiene su “personalidad”, y las pitayas no son la excepción.

Me comentaba Aurora, la chica que entrevisté en uno de los puestos, que la
recolección de estos frutos cactáceos es un trabajo muy arduo y laborioso.
Pasan las madrugadas de dos duros meses escogiendo las frutas a cortar; se
ayudan de unas lámparas que se ponen en la cabeza para ver si brillan; si es
así, están listas para ser recolectadas; luego les quitan las espinas, las
seleccionan por tamaños y salen muy temprano desde Techaluta, Amacueca,
Cofradía o Sayula hacia a la ciudad, para venderlas durante el día,
completamente frescas.

Una sorpresa para mí fue conocer que la flor de la pitaya, que es color morado,
también está a la venta y sirve para hacer un té con propiedades que
disminuyen el colesterol y controlan los niveles de glucosa en la sangre.

¡Qué regalo para la vista, el gusto y el cuerpo son las pitayas, y qué admiración
merece el trabajo de todos los que participan para acercárnoslas cada año!

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